Una moción contra la convivencia

Una moción contra la convivencia

Imagen de (Reuters)

Hace dos años y cinco meses, Pedro Sánchez subía a la tribuna del Congreso de los Diputados en calidad de candidato a la presidencia del gobierno como respuesta a la crisis de dignidad institucional a la que nos abocaba el ejecutivo de Mariano Rajoy, fruto de su absoluta desidia y parsimonia frente a la corrupción de su partido, sentenciado por la Audiencia Nacional en el caso Gürtel. En palabras del entonces portavoz José Luís Ábalos, la dignidad de la sede del pueblo estaba en jaque. 

Lo traemos a colación aquí porque fue un momento de restitución de la honorabilidad de la política en mayúsculas. Y porque fue ejemplo de responsabilidad, de servicio a la ciudadanía, de coherencia y, en definitiva, de democracia. Aquella moción de censura cumplió con su razón de ser. 

Lamentablemente, hemos sido testigos de cómo esta figura, pensada como instrumento a emplear frente a una crisis gubernativa, ha sido desvirtualizada de forma torticera y usada como un embuste que busca obedecer única y exclusivamente a los intereses partidistas de unos. Una moción de “regate corto”. Todos fuimos conscientes a quién se dirigía: al Partido Popular. Y más allá de la respuesta contundente y “magistral”, según algunos, del líder de la oposición nos deberíamos preguntar por qué hemos llegado hasta aquí. Permitir, consentir, contemporizar y diríamos, “flirtear” con la ultraderecha trae a que se pasee por las instituciones sin reproche alguno. Hoy somos más conscientes de sus mentiras, de su visión de la historia que reescriben sistemáticamente, de sus profanaciones de la memoria cuando expulsa de las calles a personalidades con amplio reconocimiento. Retirar el nombre a calles de Madrid como las de Largo Caballero, Indalecio Prieto son hechos que no pueden quedar impunes. Esta no es la historia que hemos construido colectivamente.

Pero lo que no esperábamos fue la nimiedad de la moción y es que se la moción se caracterizó por un discurso, falto de intenciones y con un tono de confrontación al que ya nos tiene acostumbrados. Su propuesta distó mucho de ser constructiva: faltaron ideas y sobró espectáculo. No hubo proyecto de país. Los objetivos no eran otros que ocupar minutos de pantalla y, porque no, dar también pistoletazo de salida a la campaña de las elecciones catalanas y atacar al Partido Popular de Casado. 

El Congreso le dijo NO a Abascal. Las mociones de censura se ganan en los pasillos, convenciendo y acercando posiciones; no esperando a que caigan votos del cielo. Y desde luego, para construir una alternativa, con un proyecto de país.

Y es que a la ultraderecha se la combate. Como dijo el Presidente del Gobierno, no tienen un proyecto para España. Hay que dejarles solos con razones. España es la que quiere salir adelante, superar este reto descomunal que es el COVID, proteger a los sanitarios, a los trabajadores, a los empresarios y a los autónomos, a las fuerzas armadas. Queremos “España presidida por la democracia, la libertad y el diálogo (…) y unos servicios públicos de calidad, con una protección social que lucha contra la desigualdad”.  

Por otra parte, nos alegra saber, no obstante, que en esta torpe aventura la extrema derecha no ha ido acompañada de sus hasta ahora compañeros de viaje. Sin embargo, estaremos vigilantes para comprobar que efectivamente el cambio dado por la derecha de Casado sea cierto.

Desde luego, nos abre una brecha de esperanza para poder recuperar los futuros grandes consensos que esta crisis nos requiere. Es, por tanto, una actitud irresponsable y cínica que pone en peligro nuestra cohesión como país, y que merece la respuesta que el Congreso de los Diputados le dió el pasado jueves: un NO contundente.

España, la ciudadanía española, merece proteger a sus instituciones para no dar entrada esta carcoma que las mata. El pasado jueves fue el primer paso. El siguiente es acabar con ella.

Un artículo de Mercè Perea y Alba Rincón

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